Asimetría y desequilibrio como fuerzas productivas en la naturaleza

En el siglo XIX, el filósofo alemán F.W.J. Schelling hizo un esfuerzo monumental durante su vida para hacer frente a algunas cuestiones que consideraba fundamentales para se obtener un sistema de pensamiento que hiciera justicia a la naturaleza y al ser humano.

Kant había dejado como legado la división absoluta entre el pensamiento y lo externo a la mente. Lo que la razón podía saber era tan sólo lo que le venía a través de los sentidos y se articulara a través de las categorías a priori del pensamiento, o sea, mecanismos internos de la razón humana. Cualquiera que fuese la estructura interna de lo que se presentase a los sentidos, fuese lo que fuese el real “en sí”, ello jamás sería objeto del conocimiento humano.

Este dualismo, esta división fundamental, molestaba a Schelling y sus contemporáneos, como a Fichte, Hegel, y otros. Cada uno de ellos buscó y propuso formas de superar esta división fundamental entre la razón y la naturaleza.

A lo largo de su camino, mientras buscaba esas soluciones Schelling iba construyendo una forma de pensar que ha llevado a los comentaristas de su pensamiento a llamarlo un gran “Proteo”, es decir, un pensador que se vá cambiando y tomando las formas necesarias para a su tiempo y de acuerdo al estado presente de las cuestiones que se enfrenta. Hay un momento que me parece muy importante en este trayecto que es aquel en el que el filósofo se enfrenta al tema de la libertad. Schelling escribe una obra que es uno de los grandes momentos del pensamiento occidental, su artículo “La investigación sobre la esencia de la libertad humana.” En ella, Schelling se da cuenta de que la libertad humana se basa en algo que simplemente uno no logra atribuir fundamento, algo así como un gran abismo oscuro, desde el cual emana el potencial para el bien y para mal. A esta idea, más tarde, se asociará el concepto del “inconsciente” y será muy valioso para la psicoanálisis, por ejemplo.

Pero hay otra idea que Schelling propone que es tan potente como la de la libertad: para que haya vida se requiere el desequilibrio, la contradicción. Schelling propone esta idea en otra de sus obras, publicada póstumamente y que es otro de sus grandes legados: el fragmento “Las edades del mundo.” En este trabajo, Schelling sostiene el principio de que para que haya la vida es necesario “pasar por el fuego de la contradicción.”

Sin este desequilibrio fundamental, todo iba a estar en una paz eterna que nada produce, una estabilidad que sería estéril. El hecho de que haya la vida es el resultado del movimiento interno del real, de lo absoluto, como los idealistas y Schelling lo llamaban. La contradicción, la división interna, las fuerzas de oposición, el desequilibrio son necesarios a la vida, a la autonomía, a la libertad. Sin él, el todo y la nada podrían ser confundidos pues que la unidad absoluta sería sinónimo de una falta de variedad en el real, de una  homogeneidad infinita e improductiva. Cada realidad individual, que existe, demuestra que hubo una fractura en lo real, debido a la cual fue posible la separación, la definición de cada cosa singular y cada individuo existentes. Schelling toma  el principio espinozano que toda determinación es negación, es decir, en este caso, para que haya un individuo, todo lo demás debería ser considerado como un otro, como un no-yo. La separación es lo que permitirá que exista una relación entre los individuos.

Esta idea, de alguna manera, ha sido incorporado como un principio por Marcelo Gleiser en sus artículos recientes, en los que ha estado insistiendo en que la naturaleza se constituye de forma asimétrica y que la idea de simetría, equilibrio, no está confirmado por los descubrimientos científicos. La noción que Gleiser quiere contradecir aquí él la considera derivada del monoteísmo, o sea, que  detrás del todo de la naturaleza hay un principio de harmonía y universalidad que la rige, y que esta armonía, cuya expresión material sería la simetria, sería una indicación de la belleza del todo, cuyo significado se le daría la noción de equivalencia entre la belleza y la verdad. Sin embargo, Gleiser cree que la belleza y la verdad, en la naturaleza, de acuerdo con lo que la ciencia ha encontrado, están disociados. Eso al menos respecto a lo que la ciencia ha encontrado en el ramo de la física, o sea, que no hay una unidad fundamental en la naturaleza. Ella, la naturaleza, prefiere la imperfección y la asimetría.

Se ve muy interesante esta convergencia entre Schelling y Gleiser. Desde el punto de vista de la conciencia existencial, lo irracional, o lo que está más allá de la razón, según lo indicado por Schelling, apunta a un campo que basará la libertad humana y su autonomía a través de una dimensión ontológica oscura y inasible por la razón a la vez que le proporciona el sustrato. La existencia viene primero, la razón es la segunda. Descubrir que la naturaleza privilegia el carácter asimétrico, lo imperfecto, en Gleiser significa señalar que la ciencia ya no deberá hacer frente a las ideas universales, pero quizás tendrá que enfrentarse con un grado de contingencia que aún no ha presentado que efectos causará en el saber científico del futuro.

Las implicaciones de estas ideas pueden ser muy productivas para se hacer frente a las preguntas que la filosofía y la ciencia han lanzado una a la otra; tal vez hasta la teología tendrá que enfrentarse con estos nuevos desarrollos en el pensamiento. Pensar la falta de unidad en la estructura de la naturaleza, el desequilibrio fundamental y productivo, creativo, tal vez, ayude a entender mejor nuestro propia estructura humana, en la cual la oscilación entre lo oscuro y claro, entre el inconsciente y consciente, entre la unidad interna y la división, la ruptura  interior, juegan un papel muy importante y mucho más esclarecedor acerca de nuestras virtudes y vilezas que las valoradas ideas de uniformidad y armonía interior.

Como siempre, esto requerirá el coraje de dejar de lado nuestro tradicional alto concepto de nosotros mismos como seres humanos. Esto es necesario para que no veamos mucho más de cerca y de una forma mucho más realista. Veamos quién puede resistir la prueba. Como dice Zizek, el filósofo y psicoanalista esloveno, “Bienvenido al desierto de lo Real”.

Assimetria e desequilíbrio como forças produtivas na natureza

No século XIX, o filósofo alemão F. W. J. Schelling fez um monumental esforço durante sua vida para enfrentar algumas questões que ele considerava fundamentais, de forma a poder obter um sistema de pensamento que fizesse jus á natureza e ao mesmo tempo ao ser humano.
Kant havia deixado como legado a absoluta cisão entre o pensamento aquilo que lhe era externo. A razão só podia conhecer aquilo que lhe chegava pelos sentidos e era articulado através das categorias a priori de pensamento, ou seja, mecanismos internos à razão humana. Qualquer que fosse a estrutura interna daquilo que se apresentava aos sentidos, o que quer que o real fosse “em si mesmo”, isso jamais seria objeto do conhecimento humano.
Este dualismo, esta cisão fundamental, incomodou a Schelling e aos seus contemporâneos, como Fichte e depois Hegel, e outros. Cada um buscou e propôs formas de superar esta cisão fundamental entre razão e natureza.
No seu trajeto em busca dessas soluções, Schelling foi se construindo uma forma de pensar que levou seus comentadores a denominá-lo um grande “Proteu”, ou seja, aquele que vai mudando e tomando as formas necessárias ao tempo e ao estado das questões com as quais ia se confrontando. Um momento que me parece extremamente importante é aquele em que ele lida com o tema da liberdade. Schelling escreve uma obra que é um dos grande momentos do pensamento ocidental, seu texto “Investigações sobre a essência da liberdade humana”. Nele, Schelling percebe que a liberdade humana tem seu fundamento exatamente em algo ao qual não se pode atribuir fundamento, algo como que um grande abismo de obscuridade, de onde procedem as possibilidades para o bem e para o mal. A essa idéia, mais tarde, vai ser associado o conceito de “inconsciente” e como tal vai ser de grande valia para a psicanálise, por exemplo.
Mas, há outra idéia que Schelling propõe que é tão rica quanto a de liberdade:  que para que haja vida é necessário o desequilíbrio, a contradição. Schelling diz isso em outra de suas obras, ainda que não publicadas por ele em vida, hoje se constituem em mais um de seus grandes legados: o fragmento “As idades do mundo”. Nessa obra, Schelling defende esse princípio de que para que haja vida é necessário “passar pelo fogo da contradição”. Sem esse desequilíbrio fundamental, tudo estaria em uma paz eterna que nada geraria, uma estabilidade que seria estéril. O fato de haver a vida é fruto desse movimento interno ao real, ao absoluto, como Schelling e os idealistas chamavam. A contradição, a divisão interna, a oposição de forças, o desequilíbrio, são necessários à vida, à autonomia, à liberdade. Sem isso, o todo e o nada se confundiriam pois a unidade absoluta seria sinônimo de uma não-variedade no real, de uma homogeneidade infiinita e improdutiva. Cada realidade individual, existente, é o fato que demonstra que houve essa cisão interna ao real, para que haja a separação, a definição de cada coisa singular e de cada indivíduo singular e existente. Schelling toma para isso o princípio espinozano de que toda determinação é uma negação, ou seja, neste caso, para que haja um indivíduo singular, todo o demais deve ser considerado como outro, como um não-eu. A separação é o que permitirá que haja relação entre os singulares.
Esta noção, de certa maneira, vem sendo retomada como princípio por Marcelo Gleiser em seus artigos recentes, nos quais vem insistindo que a natureza é constituída de forma assimétrica e que a idéia de simetria, de equilíbrio, não é corroborada pelas descobertas científicas. A noção que Gleiser contradiz aqui é aquela que ele considera derivada do monoteísmo, ou seja, que há por trás de tudo um princípio harmônico que rege a natureza de forma universal, e que esta harmonia, cuja expressão material seriam as simetrias, seria a indicação da beleza de um todo, cujo significado seria dado na noção de equivalência entre beleza e verdade. Gleiser entende que beleza e verdade, na natureza, segundo o que a ciencia tem encontrado, estão dissociados. Ao menos no que se refere ao que a ciência, no ramo da física, tem encontrado, não há uma unidade em sua interioridade. A natureza privilegia a imperfeição e a assimetria.
Parece muito interessante esta convergência em termos entre Schelling e Gleiser. Do ponto de vista da consciência existencial, o irracional, ou aquilo que está para além da razão, conforme indicado por Schelling, aponta para um campo do ser do Homem que lhe fundamenta a liberdade e a autonomia através de uma dimensão ontológica obscura e inapreensível pela razão mas que ao mesmo tempo lhe fornece o próprio substrato. O existente é primeiro, a razão é segunda. Descobrir que a natureza privilegia o assimétrico, o imperfeito, em Gleiser, aponta para um campo em que a ciência terá que lidar já não mais com idéias universais, mas, talvez com um grau de contingência que ainda está por mostrar que efeitos produzirá no saber científico do futuro.
As implicações destas idéias podem ser de grande produtividade para se enfrentar as questões que a filosofia e a ciência têm lançado umas às outras e talvez até mesmo a teologia tenha que lidar com estes novos desenvolvimentos no pensamento. Pensar a falta de unidade na estrutura da natureza, o desequilíbrio fundamental, ao mesmo tempo produtivo, criativo, talvez venha a ajudar a compreender mais nossa própria estrutura humana, na qual a oscilação entre o obscuro e o evidente, entre o inconsciente e o consciente, entre a unidade interna e cisão, a rotura interior, joguem um papel altamente significativo e muito mais esclarecedor sobre nossas vicissitudes e virtudes do que a acalentada idéia de uma homogeneidade e  harmonia interna.
Como sempre, isso exigirá coragem para nos desprendermos de nosso tradicional e elevado auto-conceito de nós mesmos como humanos a fim de nos encararmos muito mais de perto e de forma muito mais realista. Vejamos quem aguenta o teste. Como diz Zizek, o psicanalista e filósofo esloveno, “bem-vindo ao deserto do real”.